El Biewer Terrier es, entre las razas modernas, una de las más jóvenes: nació de un capricho genético hace apenas cuatro décadas y ha tenido que abrirse camino, en muy poco tiempo, hasta conseguir el reconocimiento oficial de los grandes organismos caninos internacionales. Esta es la historia de cómo dos cachorros tricolor cambiaron el mundo del terrier de compañía.
Todo comenzó en el criadero del matrimonio formado por Werner y Gertrud Biewer, criadores de Yorkshire Terrier con largos años de experiencia a sus espaldas. En una de sus camadas nacieron dos cachorros con un patrón de color completamente inusual para la raza: en lugar del tradicional azul y fuego del Yorkshire, mostraban un llamativo tricolor con abundante blanco. Un veterinario amigo de la familia, sorprendido por el hallazgo, les propuso bautizar a estos ejemplares como "Biewer Yorkshire Terrier", en honor a sus criadores. Poco después, una reconocida cantante alemana, prendada de estos perritos, añadió de forma cariñosa la coletilla "a la Pom Pon" al nombre de la naciente variedad. Durante los años siguientes, el matrimonio Biewer se dedicó en cuerpo y alma a fijar el nuevo patrón de color mediante una cría selectiva y meticulosa, sentando las bases del que hoy conocemos como Biewer Terrier.
Antes incluso de cruzar el Atlántico, el Biewer tuvo que ganarse un hueco dentro de la propia cinofilia europea. En 1989, apenas cinco años después del nacimiento de los primeros ejemplares, el Allgemeiner Club der Hundefreunde Deutschland (ACH) se convirtió en la primera entidad en reconocer oficialmente al Biewer como raza independiente del Yorkshire Terrier, firmando ese mismo año su primer estándar oficial. A partir de ahí, el interés por la raza fue extendiéndose poco a poco por el resto de Europa, primero de la mano de pequeños clubes y criadores particulares en países como España, Portugal o Italia, y más tarde a través de asociaciones nacionales específicas: en España, por ejemplo, el Club Nacional del Biewer ha sido el encargado de introducir la raza en el grupo 11 de la Real Sociedad Canina de España bajo el marco de la FCI. El reconocimiento por parte de los grandes organismos caninos oficiales, sin embargo, ha sido un camino mucho más largo: no fue hasta mayo de 2024 cuando el Verband für das Deutsche Hundewesen (VDH), la federación canina oficial de Alemania y miembro de la Federación Cinológica Internacional (FCI), aceptó formalmente al Biewer Terrier como raza propia. El reconocimiento pleno por parte de la FCI a nivel internacional, no obstante, sigue todavía en trámite.
La raza permaneció como una rareza casi exclusivamente alemana durante casi dos décadas, hasta que, a partir de 2002, los primeros ejemplares cruzaron el Atlántico de la mano de aficionados estadounidenses fascinados por su temperamento y su llamativa estampa. La acogida fue tan entusiasta que, en muy pocos años, se organizaron los primeros clubes de raza para preservar y promocionar a este pequeño terrier. Así nació, hacia 2006, la Biewer Terrier Club of America (BTCA), entidad que asumiría un papel decisivo en todo lo que vendría después: convencer a la comunidad cinófila internacional de que el Biewer no era una simple variación de color del Yorkshire Terrier, sino una raza con entidad propia.
Para lograr el reconocimiento oficial, no bastaba con el aspecto ni con la tradición: había que demostrarlo. En 2007, la BTCA se puso en contacto con los laboratorios de Mars Veterinary (la división de investigación genética canina detrás de Wisdom Panel) para plantear una pregunta muy concreta: ¿era el Biewer Terrier genéticamente distinguible del Yorkshire Terrier, o se trataba simplemente de la misma raza con un color de manto diferente? Aquel primer año se analizaron 10 muestras de sangre, y los resultados ya apuntaban en una dirección clara: los perfiles genéticos de los Biewer se agrupaban entre sí de forma coherente con una población pura, pero claramente diferenciada de la de los Yorkshire Terrier. Para reforzar aquellos primeros indicios, el estudio se amplió notablemente entre 2008 y 2009, hasta abarcar más de treinta líneas de sangre y más de cien ejemplares distintos. El análisis, mucho más profundo, localizó un haplotipo particular en el cromosoma 20 presente en más de un tercio de los Biewer estudiados y ausente en los Yorkshire Terrier de referencia, además de variantes en el gen MITF —responsable de la distribución del pigmento y del característico moteado blanco— compatibles con una posible influencia ancestral de razas como el Maltés o el Bichón. Con estos datos sobre la mesa, el Biewer Terrier pasó a la historia como la primera raza canina cuya condición de raza pura quedó respaldada, ante un organismo oficial, por un estudio de ADN y no únicamente por libros genealógicos.
Los estudios genéticos impulsados por la BTCA no solo sirvieron para demostrar que el Biewer era una raza distinta del Yorkshire Terrier: también permitieron empezar a rastrear su origen. La conclusión principal es clara: la inmensa mayoría del genoma del Biewer Terrier coincide con el del Yorkshire Terrier, del que desciende de forma directa. El vistoso tricolor con abundante blanco que define a la raza se explicaría, según esta hipótesis, por un gen recesivo de manchado tipo piebald que ya existía —oculto— dentro de la propia población de Yorkshire Terrier, y que simplemente encontró la combinación adecuada para expresarse en aquella camada de 1984. Sin embargo, el análisis más detallado del cromosoma 20 —la región donde se encuentra el gen MITF, responsable de la distribución del pigmento y del moteado blanco— reveló algo más intrigante: en ese tramo concreto, el parecido genético del Biewer con el Yorkshire Terrier es mucho menor de lo esperado, mientras que aparecen coincidencias con otras razas de compañía de pelo blanco, como el Habanero (Havanese), el Bichón Maltés, el propio Bichón Frisé y, en menor medida, el Papillón. Esto podría apuntar a que, en algún momento de la historia de la raza —o incluso de la propia historia del Yorkshire Terrier— existió algún cruce puntual con alguna de estas razas, cuya huella genética habría quedado fijada precisamente en la región responsable del color. Los propios investigadores señalan que se trata todavía de una hipótesis en estudio, y que confirmarla con total seguridad requeriría secuenciar variantes muy concretas del gen MITF que, de momento, no se han podido determinar con exactitud.
Hoy, el Biewer Terrier es una raza consolidada y reconocida internacionalmente, pero conserva intacto el espíritu con el que nació: el de un terrier de compañía alegre, elegante y profundamente familiar, fruto del trabajo constante de varias generaciones de criadores a ambos lados del Atlántico.
Una pequeña selección de fotografías históricas de los primeros ejemplares y de los criadores que dieron forma al Biewer Terrier tal y como lo conocemos hoy.









